Me alegra decir que ya no estoy hecho un lío, ni furioso, ni confundido.
Ahora estoy muerto de miedo.
¿Has visto alguna de esas viejas películas de misterio?
Te pasas dos horas dudando si el asesino es el mayordomo calvo o la ama de llaves con el moño,
y al final la verdadera culpable resulta ser la anciana baronesa. Y, claro, te sientes engañado.
A mí me ha ocurrido lo mismo. Me han engañado. Peor aún. ¡Me han traicionado!
Mis dos sospechosos son absolutamente inocentes. De hecho, hasta parecen buena gente. No hay ningún alumno en peligro. No hay ningún profesor en peligro. No hay ninguna oreja en peligro.
Y, sin embargo, me dijeron que había algo allí que el/ella intentaría robar. Pues bien, por fin lo he averiguado.
<<Ella>> es la Agencia. La Agencia secreta a la que pertenezco. Y <<algo>> soy yo.
¡Yo estoy en peligro! Me han mandado aquí para acabar conmigo.
¡Sí, sí, he sido traicionado por mi propia Agencia!
Quieren robarme, destruirme, eliminarme, borrarme del mapa.
<<¿Por qué? - te preguntarás - ¿Para qué, Jack? ¿No eres acaso uno de los mejores espías de esa misteriosa sociedad secreta a la que perteneces?>>.
Precisamente por eso. Sé demasiados secretos. Conozco a demasiados criminales. Tengo demasiado poder. La Agencia sabe que si un día me decidiese a hablar podría poner al mundo patas arriba, o, al menos, a los colegios.
Por eso cuando un espía se vuelve demasiado poderoso, la Agencia se encarga de eliminarlo.
Lo envían a una falsa misión de la que ya nunca regresa.
Ni siquiera yo sé lo que ocurre con los espías eliminados. De lo que si estoy seguro es que no los jubilan en una isla exótica llena de cocoteros. Sencillamente desaparecen del mapa y ya está.
Nadie vuelve a verlos jamás.
Sea lo que sea no quiero que me pase a mí.
De momento me escondo entre las sombras buscando una sociedad secreta para vengarme de la Agencia.
Ya nos soy un Agencial.
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